Alicia en el País de las Maravillas Jurídicas

Puede que este relato incluya algún episodio que no ocurrió en el modo que se relatará, o que aparezcan personajes que nunca existieron, pero la mente de este narrador convertido en una suerte de escritor, sufre de ataques de imaginación mental transitoria que le hacen percibir la realidad de manera completamente distinta a los demás. En cualquier caso, esta historia delirante y descacharrante (para el tocado del ala jurídica que la narra) empieza con un nombre: Alicia; y con un lugar: El País de las Maravillas Jurídicas.

Érase una vez, en un mundo de fantasía, al que sólo se puede acceder a través de un elegante y estilizado espejo de pared, y no de vetusto, anticuado y carcomido armario ropero que desemboca en una suerte de Invernalia de extrarradio; en el que una joven excepcional de aún más excepcional nombre, osó retornar para intentar salvarlo de su inevitable destino.

Puede que este relato incluya algún episodio que no ocurrió en el modo que se relatará, o que aparezcan personajes que nunca existieron, pero la mente de este narrador convertido en una suerte de escritor, sufre de ataques de imaginación mental transitoria que le hacen percibir la realidad de manera completamente distinta a los demás. En cualquier caso, esta historia delirante y descacharrante (para el tocado del ala jurídica que la narra) empieza con un nombre: Alicia; y con un lugar: El País de las Maravillas Jurídicas.

Dentro recuerdo:

¡Tú debes de ser Alicia!, ¿verdad?, seguro que lo eres, lo ha sido, y lo serás, ya que eres la única lo suficientemente “especial” para ir más allá del mero uso de un espejo y atreverte a utilizarlo como si de la hoja de una puerta se tratará, aunque con un color de pelo distinto al correcto, me temo. Yo soy el archifantabuloso hacedor de togas, conocido como el sombrerero loco en aquella época de libertad previa a la actual opresión basada en la delirante idea del ordenamiento jurídico, y seré tu guía, cual Virgilio, ¿o era Eustaquio?, ¿Sempronio?, o quizás, ¿Cayus Malayus?; da igual, se lo preguntaremos más adelante al árbol de la sabiduría, que nosotros llamamos Internet. Continuemos con la pantomima, digo…., con mi magistral monólogo monologado:

Bienvenida, Alicia, al umbral, o hall si lo prefieres, del maravilloso, maravillante y maravillado País de las Maravillas Jurídicas. Para poder entrar debemos seguir un ritual de tres pasos:

Primero, Alicia, comprueba primero que llevas todo lo necesario para sobrevivir en este mundo malvado. A saber

  • Balanza justiciera y justiciosa sumamente afilada y reluciente. No es la espada Vorpalina, pero te servirá como mejor “defensa” en este mundo jurídico que un absurdo mazo ornamentado, y no digamos, una pequeña y vetusta campanilla.

  • Pastel “Cómeme” o pequeño tarro “Bébeme” con un potente veneno para administrar en caso de que la cosa se ponga demasiado jurídica, y, por tanto, inhumana. A gusto del consumidor, Alicia.

En segundo lugar, Alicia, debo hacerte un breve resumen de lo que te vas a encontrar aquí, oh, querida Alicia. El mundo que conocías ahora se encuentra dividido en tres grandes reinos:

  • Reino Rojo: habitado en su totalidad por jueces y magistrados (una versión más vieja y ególatra del anterior sistema) de reconocida demencia y ampulosa toga (confeccionadas por mí, obviamente), obsesionados con que todo aquel que vulnere las sagradas leyes del reino, pierda la cabeza de un único y certero “juicio” emitido por el magistrado-presidente de su órgano supremo de gobierno: El Consejo Generalísimo de la Partición (de cabeza) Justísima, o CGPJ.
  • Reino Blanco: parecido al anterior, pero habitado en su totalidad por juristas que veneran los datos personales como si se tratarán del mayor don del universo y lo único que mereciera la pena proteger por ley (algunos dicen que se hacen llamar Evangelistas de la privacidad). En este reino está prohibida la pena de muerte, pero no te lleves a engaño, Alicia, acabarás “perdiendo” la cabeza igual, gracias a que no podrás procesar la cantidad de información previa al tratamiento de estos particulares datos que te darán, incluso antes de que puedas decir, ni siquiera, tu propio nombre (como ya sabes, dato personal donde los haya).

A diferencia del anterior, no tiene un órgano supremo conformado por jueces o magistrados, sino que el final del camino lo cierra un órgano participado por los juristas que han jurado solemnemente evitar que el resto pueda utilizar los datos personales, más allá de la mera contemplación silenciosa de todos ellos ordenados por tipología, y que recibe el nombre de: Agencia Estrambótica de Privación de Datos, o AEPD.

  • Tierras del Tribunal de la hora del Té interminable: en el centro exacto, aunque no demasiado, se encuentra el órgano supremo de resolución de controversias entre ambos reinos, y de reclamación final para los afectados (me temo que los condenados del reino rojo no levantarán cabeza, literalmente, con este asunto), denominado Tribunal de la hora del té interminable, y conformado por los más fanáticos defensores del derecho de ambos reinos, como la Reina de Corazones (antigua regente del Reino Rojo), la Liebre de marzo, la vapeadora (o al menos, eso quiero creer por el bien del derecho) Oruga azul, y la Duquesa (amienemiga de la Reina de Corazones).

En tercer y último lugar, Alicia, debo darte la siguiente información sobre el tratamiento de tus datos, so pena de que si no hago, el reino blanco me volverá cuerdo de nuevo, y eso no podría soportarlo de nuevo:

  • Responsable: tus datos, y tú misma, querida Alicia, seréis tratados por el Reino al que decidas ir, actuando, en cualquier caso, como Delegado de Privación de Datos de ambos, el críptico y desvanecedor desvanecido Gato de Cheshire.
  • Finalidad: permitirte el paso al País de las Maravillas Jurídicas, y quién sabe cuántas más finalidades, finalosas y finalistas que puedan existir o surgir de tu estancia en este lugar.
  • Legitimación: tus datos y zapatitos, y por extensión tú, querida Alicia, seréis tratados en base al interés público del reino al que decidas acceder, es decir, que tu consentimiento poco importa en este lugar (lo mismo que mi cordura).
  • Destinatarios: tus datos y tu vestido (y por extensión, una vez más, tú), querida Alicia, no seréis cedidos a nadie; lo que puede suponer, querida Alicia, que no puedas abandonar jamás el reino que elijas visitar.
  • Derechos: Querida Alicia, en relación con el tratamiento, tienes los siguientes derechos: A crecer, a reducirte, a llorar hasta crear un mar de lágrimas, a jugar al crocket, a perseguir al conejo, y a nunca escapar de aquí (espera, ¿esto último es un derecho, o más bien, un torcido?)

Para más información, así como conocer ante quien puedes ejercer estos fantabulosos derechos, te tocará, querida Alicia, preguntárselo al más loco del reino al que decidas ir.

En caso de que durante tu estancia veas hadas con sistemas de videovigilancia, te he de informar, querida Alicia, que los carteles informativos los encontraras en las ramas y lugares predeterminados en los que aparece el gato de Cheshire. Además, por alguna extraña razón mágica, el tratamiento de tu imagen se basará también en el interés público, aun cuando lo haga ninguno de los reinos, sino algún habitante locuelo del lugar sin competencia, competencial alguna.

Sin más que añadir, querida Alicia, te permito pasar al País de las Maravillas Jurídicas, y te deseo buena suerte, no sin antes advertirte de que tengas un cuidado digno de una verdadera paranoica, ya que este lugar antaño juicioso perdió el poco juicio que le quedaba a base de celebrar juicios.

El Hacedor de Togas: foto de archivo

 

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